La camiseta del Fútbol Club Barcelona ya no puede presumir de inmaculada, no señores, los orgullosos directivos que presumían que la tradición del Barça nunca sería vencida por el canto de sirena de los “ingresos atípicos” deben rendirse ante la cruda realidad. Su club, como club de élite que es, es arrastrado por la corriente de los nuevos tiempos que imperan en el fútbol.

Hasta el Barcelona ha sucumbido a la tentación de llevar publicidad en su camiseta.
Y es que los tiempos cambian, y están dispuestos a cambiarlo todo, de hecho hay clubes que van a años luz del Barcelona en el sentido de la publicidad en su indumentaria. Hace una semana, el Atlético de Madrid anunció que pondría publicidad en la espalda de su camiseta lo cual, unido a la que ya lleva en la parte delantera y en el pantalón, hace que sus jugadores parezcan mas bien pilotos de Fórmula uno que jugadores propiamente dichos. La pregunta es la siguiente, ¿Dónde ira incorporado el próximo anuncio? Quizás lo lleven los jugadores en alguno de sus muchos tatuajes último grito…
Hablando de indumentaria, ¿que me dicen de la irrupción de Nike en el mundo del fútbol? La multinacional, experta en marketing, ha impuesto a golpe de talonario su politica empresarial, pasándose “por el forro” cualquier cosa que tuviese que ver con la tradición futbolística y de los clubs en particular.
Algunos horribles diseños han sustituido (o pretendido sustituir) a los centenarios modelos de clubes como el Athletic de Bilbao o el Atlético de Madrid. En ambos casos ,las rayas verticales rojiblancas de toda la vida desaparecen porque “no molan”. En el caso de los vizcaínos se sustituyen por círculos rojos sobre fondo blanco que quizás evoquen al mítico maiot que los vencedores de la montaña lucen en el Tour de Francia. En el caso de los colchoneros, sus seguidores tienen que sufrir aún más que lo que es habitual en ellos viendo a su equipo lucir un ridículo pijama.
Pero Niké también hace daño a la vista del forofo en el resto de Europa. Las variaciones pueden cambiar desde algo tan leve como cambiar la orientación de las rayas de vertical a horizontal, caso del Inter de Milán, o cosas mas graves como modificar a su antojo el escudo de un histórico club como el Arsenal.

El nuevo escudo del Arsenal, rediseñado y simplificado por Nike.
No creo que sea ser conservador invocar constantemente a la tradición, porque el fútbol es ante todo sentimiento por un club, por una identidad, la cual sin la tradición carece de contenido. Y quizás no se den cuenta que acabando con esto pueden matar la gallina de los huevos de oro.
Los templos de esta religión de masas, los estadios, auténticas glorias de la arquitectura, se ven demolidos ante el avance de la especulación inmobiliaria. En el mejor de los casos. son reconstruidos en el extrarradio de la ciudad. En otros, acaban siendo construidos en lugares que ni siquiera pertenecen a la localidad con la que se identifica el club inquilino del estadio.
Otros clubs, como el Español de Barcelona, llevan años en el exilio sin un estadio propio.
Sin embargo, para un italiano no es ninguna sorpresa ver que su club comparte estadio con su eterno y odiado rival, son los casos del Roma y la Lazio, del Milán y el Inter o de la Juventus y el Torino. Solo queda por esperar a ver cuánto tarda esta última fórmula en implantarse en nuestro país.
Siguiendo con los estadios, ¿Quién le explica a un octogenario aficionado que su Osasuna del alma ya no juega en “El Sadar” sino en el “Reyno de Navarra”?. A los estadios ya no les queda ni su nombre histórico. Los clubes como el Arsenal (que ahora juega en un tal “Emirates Stadium”) han exportado este sistema en el cual alquilan al mejor postor el nombre de sus estadios. Veremos a ver cuanto tardan en hacer lo mismo con el propio nombre de los clubes, como ocurre en el baloncesto o el balonmano, podemos acabar siendo seguidores de marcas comerciales más que de clubes históricos de fútbol.

Antiguo estado de "El Sadar", ahora llamado "Reyno de Navarra".
Pero la pérdida de identidad no se limita a los nombres únicamente, sino a la propia vinculación que un club tiene históricamente con alguna ciudad. A principios de los noventa, Marcos Elguezabal, Propietario del Logronés, valoró la posibilidad de trasladar su club a la ciudad de Málaga, ante los mejores ingresos que supondría tener allí un equipo en primera división. Con este mismo argumento, un club londinense como el Wimbledom abandonó su país de origen para jugar la modesta liga irlandesa.
El futbol ya no es del pueblo, de las masas, sino del dinero. Varios magnates se han propuesto hacer en él negocios y han convertido clubes con masas sociales tan modestas como el Chelsea, el Villareal o el Parma en auténticas potencias futbolísticas a golpe de talonario.
Si señores, y es que el marketing se impone, ya no hay respeto ni por los números. Ya no me quejo de que hayan cambiado el sistema para personalizar la ropa deportiva y venderla mejor y ahora se pueda divisar un once titular con camisetas que llevan números superiores al “11”. Me parece bastante lamentable, pero no me quejo tanto por eso, sino porque se cometan aberraciones como saltar al campo portando números como el “66” como si esto fuese la superbowl, o que se hagan gilipolleces como retirar para siempre algún número en las camisetas de determinados clubes. La cosa suena ya a esperpento cuando por ejemplo se observa a un centrocampista como Bassedas saltar con la albiceleste argentina en una Copa América portando el número uno en su espalda, ridículo.
Los jugadores se han convertido en modelos publicitarios. Cada domingo, un conjunto de maniquíes y vedettes salta a la pasarela del césped de cualquier estadio del fútbol profesional. Se discute más sobre sus aventuras amorosas o su opulenta vida privada que sobre sus cualidades futbolísticas. Las marcas que los patrocinan, auténticas dueñas del meollo, imponen a sus clubes o a sus selecciones nacionales que sus estrellas mediáticas jueguen aunque su estado de forma y su rendimiento sea nulo.

Beckam y Ronaldo. El primero fue impuesto como jugador titular al Madrid de Camacho por Adidas. El segundo por Nike a la selección brasileña durante el mundial de Corea y Japón.
Siguiendo en esta línea, y con la complicidad de los agentes FIFA (ávidos de cobrar comisiones por traspasos), las grandes multinacionales rotan a sus estrellas mediáticas por diferentes clubes en busca de nuevos mercados y puntos de venta. Se trata pues, de que tal o cual jugador se ponga la camiseta del máximo número de clubes posibles a fin de generar más ventas. Esto es llevado a la máxima expresión en ligas como la de Estados Unidos o Australia, donde se pueden fichar jugadores para jugar uno o dos partidos solamente. El mercado de traspasos en el futbol moderno se mueve pues, por criterios puramente publicitários y no técnicos, para vender más ropa deportiva y no para potenciar el nivel de un club.
También entran en juego los medios de comunicación, las plataformas digitales, los grandes imperios de las ondas… otros de los grandes inversores en este negocio deportivo. Ansiosos de explotar mejor el negocio, han pretendido reformar las competiciones europeas a fin de, apostando por un elitismo extremo impropio del fútbol clásico donde David se enfrentaba cotidianamente a Goliat, exprimir mejor este maná que supone el futbol..
Han reformado la Champions League para que tuviesen en ella cabida los clubes de mayor renombre y más rentables para su negocio, proponiendo incluso que éstos tuviesen plaza fija y cerrada al estilo NBA. La competición en sí misma ha perdido en calidad y bastante, en los últimos años los campeones de Europa suelen ser clubes que ni siquiera han ganado previamente su liga nacional, requisito que antaño era imprescindible sólo para poder participar.
En esta situación, la Copa de la UEFA esta totalmente devaluada y todos echamos de menos el antiguo sistema en el que había tres competiciones prestigiosas y con equipos fuertes.
Y que decir de las copas nacionales, antaño espectaculares y ahora convertidas en el lugar donde poner a jugar a todos los suplentes ante un trofeo que nadie se toma en serio al no dar plaza a la codiciada “Champions”.
Para el colmo de todos los colmos, este verano se ha aprobado en España la posibilidad que un club con dinero compre su plaza en primera o segunda división y participe en ellas sin haber tenido los méritos deportivos para ello.
Por último decir que, al jugarse tanto dinero y tantos intereses en los diferentes partidos, el fútbol se ha convertido en algo ultradefensivo y cada vez mas conservador, primando lo especulativo sobre el espectáculo y el músculo sobre el talento.
A esto hay que sumar que el doping, los sobornos o los fraudes de toda índole se han convertido en moneda común en este deporte.
El fútbol pues, ya no es un deporte popular, sino un puro negocio publicitario dominado por las empresas de marketing, los medios de comunicación, las marcas deportivas y también por las mafias. Por esto y muchas más cosas me ratifico gritando lo que digo en el título de este artículo. ¡¡¡ODIO ETERNO AL FUTBOL MODERNO!!!